martes, 22 de diciembre de 2009

¿Y si pudiésemos ver en otras longitudes de onda?

“Buen día a toda persona presente en esta sala y a todo aquel que escucha desde su casa. Ciertamente hoy puede decirse que es un gran día, sin riesgo alguno de que tal afirmación suene pretenciosa por mi parte. Hoy es el día de la ciencia. Hoy es el día en que el conocimiento científico por fin asoma la cabeza por encima de los hombros de la economía, de la ecología, del desarrollo armamentístico, de la exploración espacial, de la búsqueda incesante de una mejora en la calidad de vida de nuestra especie,… Hoy en definitiva es el día en el que la ciencia, la esencia de todo conocimiento, se ha hecho mayor y se ha emancipado: ha decidido desligarse de sus ya citados hermanos mayores para por fin ser ella la que lleve la voz cantante en la familia. Y ojalá pudiera seguir siendo así durante mucho más tiempo. Hoy, señoras y señores, es el día de la ciencia por la ciencia. Son tiempos difíciles para el ser humano, pero aún en la decadencia de nuestra existencia queda sitio para algo tan hermoso como pueda ser la expansión del conocimiento.”
El silencio más absoluto reinaba en la sala cuando la voz potente e imperturbable del orador no inundaba la misma. No había persona allí sentada que no hubiese sentido una cierta emoción e inquietud hasta el momento mismo en que el doctor Gurewitz saludó a los oyentes. Había allí gente de puntos realmente dispares del planeta. Desde científicos jóvenes que prácticamente habían nacido en aquel recinto, otros muchos que se habían desplazado hasta aquel lugar para vivir en persona la grandiosidad del evento, periodistas y numerosos representantes de la parte que sustentaba económicamente a la Fundación y a su polémica investigación. El orgullo ciego de unos y la opulencia de otros, notable debido al humo y la peste a tabaco, viciaban el ambiente hasta hacerlo repugnante. Y todos ellos se deshacían en respeto y admiración hacia el orador. El doctor Gurewitz era sin ninguna duda el ser más despreciable de todos los allí presentes.
Para el pequeño Greg el día resultaba tan angustioso como otro cualquiera. El escozor que sentía en sus ojos llevaba atormentándole ya una semana y media. Justamente el tiempo que había pasado desde que se despertó tras la operación. No obstante en ese preciso instante vivía atónito pero entretenido como las enfermeras se afanaban en aplicarle el tratamiento que cada mañana era necesario aplicar a los ojos de nuestro protagonista. Limpieza, lubricación con lágrima natural, verificación de retina y de los músculos implicados en el movimiento ocular… Para lo que cualquier niño sería una desagradable visita al médico por cortesía de una conjuntivitis para él era uno de los momentos preferidos del día, rodeado de tanta gente…
“…Hace algo más de medio siglo la investigación con células madre hacía su aparición en el mundillo de la ciencia. Por aquel entonces, como ya sabéis, hubo controvertidos debates éticos acerca de si se debía permitir o no el uso de embriones humanos no seleccionados tras un proceso de fecundación in-vitro en el campo de la investigación médica. Dicho debate estancó la situación hasta hace escasos 10 años. El más que preocupante deterioro de la Tierra causado por la acción del hombre ha sido, contra todo pronóstico, la luz al final del túnel construido por una sociedad tristemente preocupada en exceso por vivir hoy sin pensar en mañana. A la vista de los logros alcanzados aquí, ¿Cuánto bien podría haberse hecho si no se hubiesen puesto trabas al desarrollo? ¿Es justo que por culpa de personas ajenas a lo que a nosotros nos une no hayamos podido hacer un hallazgo como este antes? ¿Por qué deberían ser aceptadas las ideas de una sociedad que con el paso de los años nos ha llevado al fin de nuestros días? Y ahora que tienen cosas de las que realmente preocuparse, se atreven a olvidarse de los que hemos estado sufriendo su indolencia para con la ciencia durante años… Parece que el no ver más allá de nuestras propias narices nos ha pasado factura y, lamentablemente, ésta vez nos ha pasado factura a todos…”
Efectivamente, así era. Hacía ya mucho que se venía especulando con la llamada “crisis energética mundial”. La superpoblación y la falta de formas de energía sostenibles con las que abastecer al ser humano acabó por condenarle a la extinción. La filtración de esa noticia a los medios de comunicación causó un verdadero colapso en la población mundial. El sentimiento generalizado fue el de aprovechar el poco tiempo del que se disponía para disfrutar de una vida totalmente despreocupada, en la que dedicarse casi exclusivamente a la devoción de cada uno. Mientras unos se retiraban a sus casas para pasar el tiempo con sus familias, otros se inclinaban por matar el gusanillo interior de “no quisiera yo morirme sin probar aquello o hacer esto otro”, pero, sorprendentemente, la delincuencia no experimentó ese súbito desarrollo que tantas veces se había plasmado en el cine en tantas películas apocalípticas nacidas en lo que en otro tiempo se conoció como Hollywood. Nadie sentía la necesidad de robar, ni de saquear; en aquella sociedad moribunda condenada por su propia culpa, el orden era, curiosamente, la ley que imperaba por encima de todas. Todos pretendían sentirse felices a su manera, ya fuese con los suyos o consigo mismos si no tenían a nadie. De manera que todo derivó en un despilfarro de los bienes propios en una búsqueda desesperada de una prueba que demostrase que la vida que estaban a punto de abandonar por la puerta de atrás realmente tenía algo que mereciese la pena. Unos se vestían de sus mejores galas para pasar unos últimos momentos con la familia mientras otros buscaban ahogar las penas en vino barato rodeados de los vecinos con que compartían hogueras, basuras y paredes cartón. Pero no todas las personas eran igual de humanas. Puestos a despilfarrar el dinero seamos originales: ¿por qué no gastar mi dinero en financiar una investigación que opere en secreto al margen de la ley? Ése era el pensamiento de los apoderados que brindaban la oportunidad a un puñado de científicos sin escrúpulos que, con la oportunidad en la mano de hacer lo que siempre en la vida quisieron hacer y sin nada mejor con lo que entretenerse no pudieron dejarla escapar.
Tiempo para un pequeño recreo por la mañana. Todos los críos se divertían jugando con sus coches, con sus muñecas, revolviendo aquí y allá. Todos menos uno. Era raro, los otros no le aceptaban. Tenía la mirada extraña, perdida, vacía. Solía sentarse en una esquina y esperar a que viniese Ella. Realmente no quería otra cosa. Era la única persona que era diferente a las demás. Y eso no era algo que él intuía. No era algo que atribuía a un sexto sentido ficticio. Era algo que él veía. Era algo que estaba ahí. Para el resto de los niños no era más que un bicho raro con los ojos de pupilas más claras que nunca se habían visto. No entendían por qué no tenía él las pupilas azuladas como el resto.
“Gracias a los inversores aquí presentes puedo hoy sentirme orgulloso de anunciar uno de los mayores avances en medicina, física, química y biología: señoras y señores, no hay nada invisible. Desde hace algún tiempo hemos conseguido modificar ligeramente el espectro de visión del ojo humano de manera satisfactoria, rebajando el rango mínimo de la longitud de onda a la que puede ver el ojo humano de 400 a 500 nm. El procedimiento que hemos seguido para conseguir esta maravilla es tremendamente sencillo de explicar, pero extraordinariamente complicado de llevar a cabo. Como buena parte de todos ustedes sabrán la retina del ojo humano normal se compone de una serie de células fotosensibles en forma de conos y bastones, que son los nombres con los que se les conoce. Pues bien, hemos analizado la composición de dichas células. Durante años hemos tratado de averiguar cuáles eran las sustancias que forman parte de la retina humana que permiten absorber fotones de luz en el rango de longitudes de onda hasta hoy conocido como visible. La energía procedente de la radiación electromagnética de longitud de onda comprendida entre los 400 y los 800 nm (que se corresponden con los colores violeta y rojo respectivamente) es capaz de excitar los electrones más alejados del núcleo de algunos de los átomos que componen los conos y los bastones. Una vez hemos determinado la estructura de estos compuestos y hemos dado con la forma adecuada de modificar la retina de un sujeto de manera que no sufra efectos secundarios de importancia nos ha sido relativamente fácil llevarlo a la práctica. Si tomamos una molécula cualquiera que tenga un grupo funcional capaz de absorber radiación electromagnética para pasar de un estado fundamental (o no excitado) inicial a un estado excitado final, resulta sencillo modificar la longitud de onda a la que dicha molécula absorbe mayor intensidad de radiación. Lo único que hay que hacer es añadir más grupos funcionales. Eso sí, deben ser agregados los adecuados en una posición idónea. En primeros intentos hemos buscado un efecto de conjugación que reduzca la energía de la transición electrónica producida, para que la radiación que pase a absorber nuestra molécula sea de menor energía. Esto se conoce como efecto batocrómico. El resultado es un individuo que puede captar longitudes de onda de un rango de amplitud igual al del ojo de un ser humano normal aunque esta nueva zona visible en el espectro electromagnético ha sido transpuesta a una zona de menor energía, por lo que el sujeto puede ver en una pequeña franja del infrarrojo cercano a costa de dejar de percibir los colores azul, añil y violeta, que es la zona más energética de la zona del espectro visible para un ojo normal. Pero sabíamos que podíamos ir más allá. Nos ha costado varios intentos fallidos hasta que finalmente hemos podido dar un paso más. La semana pasada operamos satisfactoriamente a un sujeto y conseguimos modificar por completo su retina, hasta tal punto que es completamente ciego a lo que nosotros llamamos luz visible. Su retina es capaz de captar radiación infrarroja, de manera que ve el mundo de una manera por completo diferente a cualquiera de nosotros. ¿Se imaginan ver el agua con color? ¿Se imaginan no reconocer a las personas por su aspecto, sino por el calor que desprenden? No me digan que les vuelve locos la idea…”
Hora de la siesta, pero a alguien le cuesta cerrar los ojos. Arden. Arden tanto cuando están abiertos como cuando están cerrados. Y no puede evitar soltar lágrimas amargas que resbalan por la mejilla hasta que una mano amiga las recoge y se las lleva. Una mano cálida, no existe otro calificativo mejor. Una mano cálida que se tiñe del color de las lágrimas, un color que no puede ser descrito porque sólo el pequeño Greg es capaz de apreciar. Aunque no pueda dormir y esté cansado se siente un poco más cómodo en brazos de Ella, al lado de la ventana, contemplando lo que el resto del mundo llamaba un cielo azul típico de un día despejado. Pero eso no tenía sentido alguno. Salvo por ese Sol rojizo, el cielo parecía siempre el mismo, a excepción de cuando llovía, obviamente. De todas formas poco le interesaba ahora de qué color era el cielo. Le importaba más seguir en brazos de Ella. No era como las demás enfermeras que veía cada día. No había ningún niño de los que le miraba raro que fuese como Ella. Y bien seguro que no había ningún médico que fuese así. De ninguna manera. Y mucho menos Él. Era frío, extremadamente frío. Así lo veía y así lo sentía cuando le examinaba los ojos con aquella herramienta que emitía una “luz” invisible. No entendía por qué se sentía tan orgulloso de él mientras le examinaba y sin embargo al mismo tiempo era tan sumamente frío… ¿No sería orgullo y alegría lo que veía? No, no puede ser. Tenía que ser eso. ¿Qué iba a ser si no? Hasta el momento sus ojos no le habían dicho mentira con respecto a cómo era la gente, pero es que Él parecía tan vacío… Comenzaba a guardarle rencor, lo cierto es que sus ojos le ardían con más fuerza cuando Él se acercaba a verle. ¿Cómo le llamaban las demás enfermeras? Doctor Gurewitz, sí, eso era. Daba igual, no quería saber nada de Él. De hecho ahora mismo ni siquiera quería acordarse de Él. Prefería pensar en Ella. Ella era diferente. Tenía un color distinto al del resto de personas que había visto nunca, no sabía cómo ni por qué, pero era así. Y desde luego era un color agradable, era su color preferido.
Aquel niño tenía algo. Era distinto a los demás. No sólo por el color blanquecino de sus pupilas, no. Aquellos ojos grisáceos eran profundos. Tanto que hipnotizaban. Durante los años que llevaba trabajando allí había cuidado de muchos críos con los ojos más extraños que nunca jamás habría imaginado. Todos ellos de pupilas violáceas, no obstante. Pero había algo más. Tuviesen o no pupilas azuladas, aquellos niños eran normales, vivían felices, como debe ser. Pero éste no. Parecía atormentado, sólo, apesadumbrado. Otra lágrima más. No es normal que nadie llore tanto. Y nadie parece darse cuenta. Todos miran para otro lado. Se queda mirando con los ojos como platos a la mano con la que acabo de secarle la mejilla. ¿Qué estará pensando? ¿Será consciente de lo que le sucede? ¿Del mundo cruel que le ha tocado vivir? Probablemente no. Y seguramente nunca lo sabría. Lamentablemente la operación no salió nada bien. Por eso el doctor Gurewitz se ha tomado tanta prisa en desvelar el descubrimiento. Dentro de dos días tendrá su baño de gloria delante de todas las personalidades interesadas en la Fundación. Eso es lo que Él quería. No le importaba lo más mínimo que al niño le quedase apenas otra semana de vida. ¡¡Condenada operación!! Al fin y al cabo podría ocultar la evolución del pequeño, disimulando sus ojos llorosos de alguna manera y ocultando que padecía de un insomnio fatal a consecuencia de la operación ocular. Y sabía que en aquel mundo que tenía los días contados a nadie le importaría lo más mínimo lo que una pandilla de chiflados con sus diplomas colgados en la pared hiciese con aquellos niños. Además, nadie lo sabía. Sólo la gente que se interesa en el proyecto y que siente una admiración ciega por Gurewitz… Francamente, no lo entendía. No le cabía en la cabeza. Y mientras tanto aquel niño parecía tan diferente a los demás… A cualquier persona, en realidad. No sabía por qué, pero era distinto. De repente se maldijo por haber aceptado tomar parte en aquella investigación, aunque realmente no tenía otra opción. En los tiempos que corrían no. No tenía familia ni nadie con quien vivir. Decidió que prefería mantenerse ocupada de alguna manera antes que sentarse en el sofá de su casa sin hacer nada. Si hubiese sabido de qué iba a tratar la investigación de la Fundación… Le extrañó que encontrase un trabajo de una envergadura tan importante tan fácilmente, pero ¿cómo iba a saber Ella…?

1 comentario:

llehuty dijo...

La verdad es que no había pensado en las ventajas de tener un rango de visión tan limitado como el nuestro. Todo el contexto del artículo también es muy interesante.

La única pega es que es complicado de leer. Creo que deberías dejar un espacio entre párrafo o párrafo o algo así para hacerlo más atractivo a la vista.